lunes, 14 de diciembre de 2009

Forrest Gander: Una cuchilla al viento


Contrario a otras ocasiones, escribo estas líneas partiendo de una impresión que he convertido en título y a partir de ahí desarrollo las ideas. Espero resulte, aunque desde ya advierto el contrasentido que late bajo la frase, y a un tiempo creo que funcionará precisamente por eso, porque parto de esa contradicción.
Forrest Gander nació en el desierto de Mojave, California, apenas unos años antes que yo. Escribí sobre Ligaduras, el libro que me encargaran presentar en Guadalajara a inicios de este último mes del 2009, antes de conocerlo personalmente. Leí con anticipación muchos de sus textos. Ví sus fotos en la red. Lo imaginaba como un hombre alto, fornido, desafiante. Tal vez esos esquemas que se forman a pesar del rechazo a los esquemas; que sedimentan a partir de la información tóxica acumulada por años, estereotipos inculcados, imágenes de una geografía ajena sólo entre vista en el cine. Pero fue sobre todo la fuerza de la palabra lo que contribuyó al equivoco; esa creadora de imágenes mundo construidas como a cuchilladas de carácter, a base de emociones fragmentadas, pasajes rotos, impulsos apagados… Ligaduras recoge todo eso que se siente y se calla, o se vomita impensadamente cuando ya no se puede callar…



“Dijiste, llevo dos hombres dentro de mí. Recuerda
Al otro. Al que no te hizo esto”



De tal tesitura eran mis sentimientos hacia el libro y su autor, la imagen anticipada del poeta. Cuando pude confrontar al hombre que produjo aquellos versos-discursos-imágenes, la palabra confrontación perdió todo su sentido. Forrest es apenas una pulgada más bajo en estatura y aunque de complexión fuerte no tiene una presencia que se imponga sino todo lo contrario, se funde en el grupo humano. Llegó a la mesa del desayuno, se presentó con la suavidad de un viejo amigo, la firmeza de un apretón de mano y una mirada afectuosa sin cortapisas. Habló con sencillez como descubriendo el mundo, o al menos nuestro mundo de gente culturalmente llegada de otra zona del planeta que él ama y admira, al sur del Río Bravo. Una parte de su expresión desprevenida y la otra fuerte, la de la mirada aguda, la observación certera. Esa misma mezcla que había sentido en sus versos donde lo tierno roza el filo de un cristal roto y lo terrible se ahoga en algodones protectores. Tal vez sea ese el tipo de contraste que viven los habitantes del desierto, entre el desafío a los elementos y lo cálido de unos mundos interiores difíciles de proteger.



“¿Podría yo sentir cómo el arrastre de la marea retrasa un lapso en el movimiento giratorio de la tierra?”



Después llegó el momento de la lectura y se produjo la transformación, no por esperada sorprendente. El arco que se tensa cuando está por lanzarse hacia lo alto aquello que engendró la poesía. Y ese instante, que solo pudieron vivir quienes se agolparon en una de las salas de la Feria de Guadalajara para escuchar al vate en su ejercicio, bastó para redondear la imagen, fundir los metales, liberar el calor de la colisión que se produce cuando se encuentra a un amigo, se descubre a un guardián de la palabra, de esa palabra exacta que conduce a una verdad reconocible…
Les invito a leer Ligaduras, un poemario bellamente editado, iluminado por otra poeta que a su vez hizo la traducción al español para esta versión bilingüe, Valerie Mejer; hermoso libro que suma un lauro más a la pujante y muy profesional labor de un grupo de amigos afincados en el Sur del mundo, allá en Santiago de Chile, cerca de otro desierto el de Atacama, que parece unirse a la conspiración que hace posible esta y otras joyas del catálogo de Ventana Abierta editores, del que me honro en ser promotor y parte.