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martes, 26 de mayo de 2009

Una entrevista aun vigente


Razones para llamar a Alejandro


Entrevista: Cristina de la Torre


Esta entrevista comenzó a hilvanarse en La Habana, en el 2001 y se convirtió en un diálogo permanente que sigue y seguirá en el tiempo. Por razones editoriales debimos cerrar los temas una mañana de otoño de 2004 en Atlanta, adonde llegaron desde Filadelfia Alejandro y Marianela, y desde Texas Francisco Morán, convocados por el Departamento de Español y Portugués de Emory University para una presentación que decidimos titular Arte Contaminado, Cuba en los 90’s. Por supuesto que muchas cosas han ocurrido en este lapso: varios textos de Alejandro han visto la luz en los Estados Unidos traducidos al inglés; un nuevo libro de relatos espera ser publicado bajo el título “Ojos de Niño”, otros textos están en proceso a cargo de importantes sellos editoriales… Por el momento, vamos a concentrarnos en estas Razones para llamar a Alejandro parafraseando el título de su novela que en el 2001 estuviera entre las finalistas del premio Casa de las Américas y que diera inicio a esta entrevista con Alejandro Aguilar.


1. Háblame de tus experiencias formativas.... cosas / momentos / acontecimientos que ayudarían al lector a entender / apreciar tus obras. Por ejemplo, ¿qué aprendiste en los años en que viviste en Europa del Este? Además, has estudiado artes plásticas y estás en íntimo contacto con otras artes. Yo veo algunos de tus cuentos estructurados alrededor de escenas de valor casi fotográfico... casi multimediático. ¿Puedes comentar esta “fertilización” de tus escritos?



Un escritor que hoy vive en Madrid siempre dice que por las cosas que he hecho en mi vida, él considera que debo andar rondando los 270 años. Sí, estuve en aquella escuela militar para adolescentes, estudié Artes Plásticas, hice teatro, algo de cine, fui profesor de historia, me especialicé y trabajé en organizaciones no gubernamentales internacionales... He viajado medio mundo, me he casado varias veces y he amado fugazmente muchísimas más... Por más de diez años trabajé con DanzAbierta, compañía de danza contemporánea en la que hice desde management hasta diseños de luces... Hay en mí todo un mundo de vivencias imposibles de mantener dentro. Creo que esa es la materia de la que se hace un escritor... Crecí en una familia humilde imbuida desde los inicios del fervor que despertó en el pueblo la revolución de 1959. Aunque fui un poco la oveja negra de la familia, había valores que creía íntimamente ligados al hecho revolucionario. Poco a poco la vida me fue llenando de preguntas que no hallaban respuestas. Llegué a Budapest en 1986 y fui testigo de todo el proceso de ruina y caída del bloque del Este. Comenzaron a aflorar las verdaderas entrañas del sistema de dominación soviético y desde allí, comencé el violento proceso de descreer, de ver de otra manera lo que ocurría en mi país. Creo que la reacción del gobierno cubano ante los cambios en el Este, el proceso contra el General Ochoa y los sucesos de Tia Nan Men en 1989 fueron los golpes definitivos contra mis maltrechas creencias. Al mismo tiempo, viajé, amé y crecí mucho espiritualmente en todos esos años. Visité los puntos más calientes de la política internacional de entonces; conocí los lugares más exóticos, espacios, personas, culturas disímiles. En 1992 regresé a Cuba. Desde entonces sigo viajando frecuentemente pero transito el planeta desde una perspectiva diferente, desde el centro mismo de mi sensibilidad. Ahora estoy en los Estados Unidos viviendo otra etapa de aprendizaje y experiencias tremendas. Todo eso está en mí y va rezumando. Creo que al escribir me alcanzan las emanaciones de aquellos recuerdos ocultos en algún lugar de mi aparente desmemoria... y en ellas es una preocupación permanente el individuo y sus circunstancias, la manipulación frente a la libertad, la tolerancia... Incluso en mis textos eróticos esas claves subyacen... En mi CV menciono siempre lo de los viajes y lo hago sin petulancia. Creo que la persona que viaja crece, su visión se ensancha y esto se refleja irremediablemente en lo que crea. Luego está el mundo del teatro, el cine, la danza, la pintura; espacios disímiles en sus formas y dinámicas; pero que gravitan siempre en torno a una sensibilidad que se entrena en cada uno de ellos y si en muchos, mejor. Creo que la inmensa mayoría de quienes escriben hoy están atrapados por esa pluralidad de artes y visiones "multimediáticas". Vivimos los años de la imagen y una visión cinematográfica en los escritores de nuestro tiempo es tal vez una consecuencia natural de esta experiencia vital tan vertiginosa que ya al final del día podría estar cambiando a una forma nueva.



2. ¿Cuándo y cómo te diste cuenta del poder de las palabras? En un contexto donde se privilegia la acción las escogiste como tu modus operandi…


Desde muy niño combiné muy bien un carácter fuerte (soy Leo, como corresponde) y una hiperquinesia incontrolable; con largos espacios de silencio y lectura. Recuerdo que era tan capaz de destruir la fiesta de cumpleaños de un primo como de aislarme del bullicio de los demás niños leyendo en una habitación, o pasar mañanas enteras en una biblioteca. Con el tiempo fui perdiendo aquella agresividad, sin dejar de ser activo, pero he aprendido la importancia del saber estar solo, ya sabes, "el hábito precoz de la soledad es un bien infinito" como bien apuntó la Yourcenar. Leer un buen libro te permite conocer dimensiones nuevas de la realidad y el pensamiento. Es como descubrir el amor una vez más y aún un poco más del ser que eres. Creo que desde aquellos días también se fue forjando, junto a mi respeto por el poder de las palabras, mi irrefrenable vocación de viajero.

En 1969 se vivían los últimos momentos de fervor de la utopía en Cuba. Yo era aún adolescente pero mis padres me enviaron a una escuela militar. Los oficiales en aquella escuela eran en su mayoría antiguos combatientes de la Sierra Maestra que a duras penas habían aprendido a leer y escribir. Los alumnos éramos de nivel secundario, lo que en EU llaman High School. La ignorancia de los superiores era motivo permanente de burla entre los estudiantes, reversión de la pirámide jerárquica, transgresión del régimen de ordeno y mando. No había diálogo posible toda vez que aquellos hombres se ahogaban en el ridículo siempre que debían hilvanar la más sencilla de las frases. Por entonces hice mis primeros intentos de escribir una ingenua novela sobre unos hippies justicieros que actuaban a lo Robin Hood, arrebatándole sus bienes a los poderosos para poder vivir en un mundo de "peace and love". Mi primer libro de cuentos publicado, Paisaje de Arcilla, incluyó como plato fuerte una especie de noveleta sobre aquella escuela militar, que encontró muchos obstáculos para ser aceptada por los censores y que considero como un íntimo homenaje a través de la palabra, a todos los muchachos que debimos vivir aquella dura experiencia. Pero mucho antes que este libro viera la luz, aún a inicios de los 80, cuando nacieron mis dos hijos, la poesía fue el cauce para dar salida a una sensación de felicidad tan grande que casi me asfixiaba. Ya ves, las palabras pudieron salvarme. Un tiempo después la síntesis del verso limitaba las posibilidades de decir lo que mis vivencias precisaban, y me abrí paso hacia el ancho mar de la prosa. Asi llegaron las viñetas, los cuentos, las novelas.

Otro salto en el tiempo y nos encontramos en 1989, cuando vi en la televisión de algún país de Europa, las imágenes de un hombre enfrentando una columna de tanques en la plaza de Tia Nan Men, arengando a los soldados a no disparar contra los estudiantes. Una de mis primeras reacciones fue escribir un ensayo aún inédito sobre la fuerza de la palabra, que de alguna manera pretendía dialogar con textos de Borges, Sartre y Paz y en el que terminaba afirmando que aquel hombre capaz de oponer a los blindados el verbo, era un poeta.


3. ¿Para quién escribes? ¿Cómo es tu lector ideal? Se ve que lo respetas ya que me parece a mí una característica importante de tu obra es el modo de sugerir, destilar, no decir... leo muchos silencios allí...



Escribo para mí en primer lugar y no hay en reconocerlo soberbia alguna, sino honestidad. Si pienso en el lector prefiguro una persona cuando menos sensible y abierta a compartir experiencias y mundos desconocidos que el escritor va hallando y entregando en el acto íntimo y sensual de la escritura. Escribo con la esperanza de motivar a quienes me lean a indagar, a discernir con entera libertad compartiendo o rechazando, pero siempre espero que mis letras hagan pensar. Por favor, sin patetismo, pensar en cualquier cosa, en lo más simple, es ya un suceso en este tiempo sin tiempo, en esta suerte de vértigo que arrastra a la gente tras un destino y unos propósitos que nadie sabe bien cuáles son, porque nadie se detiene a pensar libre y tranquilamente, sin ir a remolque del tiempo, el dinero, la información... Sí, prefiero lo sutil y lo ambiguo, exponerme a la luz sobre la página, sin pudor pero con algo de recato inherente a lo erótico aún cuando hable del miedo, de la muerte. Sutil aún cuando me embarco en situaciones intensas o violentas... Eso hago y creo que ese tipo de escritura encuentra por sí sola un tipo muy particular de lector, a quien cuido y respeto, más allá de los vaivenes de la censura y el mercado, con quienes no me interesa entenderme mucho y más bien desprecio...


4. Carmen Martín Gaite ha dicho que si no se perdiera nada la literatura no tendría razón de ser. Tu obra parece estar hecha de momentos efímeros, de muchos adioses... ¿Comentario? Razones para llamar a Sandra, por otra parte, ¿sugiere algún tipo de reconexión?


Cuba es un país de adioses... Toda mi vida la he pasado despidiéndome de algún amigo o familiar que parte, casi siempre para no volver, o siendo despedido por gente que me quiere y sueña con la posibilidad de ser quien se despide. Al aeropuerto de La Habana se le conoce como el Triángulo de las Bermudas. Pero también están los momentos, los instantes, la fugacidad de una vida que en Cuba tiene intensidad, velocidad de cometa, vértigo en su sucesión de momentos efímeros de gracia y felicidad. Tal vez porque hay mucho que amar y odiar, y tanto que vivir, los cubanos vivimos como en deuda con nosotros mismos, como queriendo saldar cuentas con nuestra propia vida antes que sea tarde. A tal velocidad, a la hora de escribir se impone la breve pincelada de los impresionistas para resaltar en la aparente pequeñez de los detalles aquello que pueda signar un valor, un hecho, una sensación. El todo sería inatrapable. Es suficiente un gesto, el escorzo de una mano que se aleja para adivinar el resto de una historia. He escrito siempre sobre las pérdidas, las partidas, las ausencias que tanto me han marcado como ser humano. En Razones para llamar a Sandra quise hacer justicia al dolor de un hombre que amó y creyó a pecho descubierto y compensar ese desprendimiento con el reencuentro, con el amor herido, maltratado, pero incólume... Creo que en Razones hay mucho de mí mismo y del pleriplo físico e imaginario que me llevó a reencontrarme. Hay personajes que comparten el aliento de seres reales que conocí. Está también allá en lo alto, la presencia de mi padre, un tipo que vivió con total desprendimiento y un sentido muy criollo del existir, sencillo pero intenso. Él no tuvo la recompensa de un final feliz porque en sus últimos días comprendió cuan engañado estaba en sus ideas y no tuvo a nadie más a quién confesarle su frustración que a mí. Creo que por eso murió y por eso también pienso ahora que, sin proponérmelo, Martín Buenaventura, el personaje principal de Razones... recibe la gratificación que la vida debió darle a mi padre.



5. Has mencionado tu sensibilidad “femenina” que se ve en las escenas eróticas... esto te hace verdaderamente único en un lugar / momento en que destacan el sexo descarnado y la homosexualidad... a la vanguardia de la más difícil batalla feminista, ¡la de la mente y las ideas preconcebidas! Por ejemplo, hay momentos hermosos, instantes que son como islas en el mar de la vida diaria, fenómenos intensos pero infrecuentes, lo que Rosa Montero llama con el término matemático “la función delta”...



Asumo ese don de mi sensibilidad. Ya he hablado de lo ambiguo. Creo que todo es ambivalente. Cada cosa contiene en sí su contrario. No resalto las aristas. Prefiero ese espacio donde se funden, se difuminan los colores. Prefiero la primavera y el otoño al verano o al invierno. Muchas veces es más reconfortante una mirada, un roce, un gesto, que la fogosidad de toda una noche de sexo (no siempre, no hay que exagerar). En una escena de Casa de cambio, mi primera novela, el héroe regresa de un viaje a una zona de guerra, lógicamente cargada de peligros y va al encuentro de su joven amante con un ramo de flores y caricias casi paternales que le reconfortan precisamente porque ha sobrevivido y porque otra vez la tiene a ella. La muchacha, una trabajadora simple que en sus 19 años nunca había recibido flores, vive el momento sublime, se regodea en el instante del reencuentro con el hombre maduro al que ama y no pide más... hasta la mañana siguiente en que con juegos casi infantiles arrastra a su fatigado amante al sexo que su juventud poderosa reclama. En otras obras he abordado directamente la homosexualidad tratando de situarme desde la óptica del homosexual que no soy pero que siente la necesidad de apoyar a quienes aún hoy siguen siendo marginados, tanto hombres como mujeres, y lo he hecho buscando una naturalidad en el discurso que ya de por sí deje sin lugar cualquier diferenciación o discriminación desde lo heterosexual. Estos son ejemplos de temas. Sé que te refieres a mi sensibilidad en general, cuando hablo de seres humanos, tanto como cuando dibujo paisajes físicos o emocionales. Te agradezco esa opinión. Con ella me confirmas que logro escribir honestamente, en mi propio registro, sin afectaciones; porque de esa manera veo la vida.



6. La edad afecta profundamente a las mujeres, menos acaso a los hombres. ¿Cómo te ves tú a los 48 años, cómo ves el mundo diferente ahora? Umberto Eco dijo que en la juventud, todos somos piromaníacos y más tarde nos convertimos en bomberos... Intenta definir tu trayectoria...


La vida es mucho más que blanco y negro. Aprender algo tan sencillo como eso toma una buena dosis de años. Cierto es que a todos nos afecta el paso del tiempo, pero nada es enteramente para mal, ni todo es necesariamente bueno; en ninguna edad, en ningún tiempo, en sitio alguno. Si bien cuando más joven iba por el mundo inflamado por mis anhelos de libertad y justicia social, creyendo que algo podía hacer para cambiarlo - y muchas cosas hice, desde campañas contra el antiguo régimen sudafricano del apartheid, hasta brigadas internacionales para la recolección de café en la Nicaragua sandinista... Si todo aquello marcó mis años de piromaníaco filocomunista; algo quedó en mí para estos tiempos en los que, según Eco, me corresponde alinear en las huestes de la ecuanimidad. Hoy paso de los 40 y mis propósitos son otros, como otras las armas y diferentes los tiempos. Basta escarbar, hundirse en los espacios intertextuales de mis obras y se comprenderá a qué me refiero. Ahora bien, a estas alturas de la vida no pretendo cambiar el mundo. Apenas quiero desenmascarar desde las letras aquellos engranajes de manipulación que producen falsos cantos épicos que llaman al sacrificio del individuo, a su anulación frente a los intereses de la colectividad, en la búsqueda de un pretendido futuro mejor, de una grandeza abstracta que no se verifica en la existencia diaria... El futuro mejor es siempre y en cualquier sitio para los que gobiernan. El sacrificio es pasado, presente y futuro para los gobernados ¿No te parece conocida esa película? Nada en este mundo amerita suprimir la vida propia, abandonar la búsqueda de la belleza posible para optar por una auto-anulación que sólo llevará agua a molinos ajenos. Esta es una lección que me tomó unos 30 años asimilar. A esta edad me felicito de haberlo entendido antes que fuera demasiado tarde. Ya ves, la adultez puede ser algo muy bueno.


7. Borges ha dicho que a los otros escritores se les juzga por lo ya hecho, a nosotros mismos por lo por hacer... ¿a dónde vas en ese sentido? ¿Cómo ves tú tu lugar entre los novísimos? ¿Qué te ofreció en su momento La azotea? ¿Cuáles consideras los fallos o aciertos de tu obra hasta ahora?


Otra vez me obligas a la irreverencia. No le doy demasiada importancia a los juicios sobre mi obra. Tengo una formación académica que no es exactamente como escritor, si es que puede creerse que es necesario estudiar en alguna universidad para serlo. Escribo porque me gusta, porque lo necesito y disfruto... en fin, por todo lo que ya he dicho. Suceden cosas curiosas en este mundo como por ejemplo, te encuentras con gente que te admira y respeta ¡y nunca ha leído nada tuyo¡ También los hay que vituperan de los demás sin haber escrito dos palabras seguidas con un mínimo de coherencia. Cuando comencé a escribir con disciplina y constancia, tuve un breve tránsito por la poesía en el que conté con el diálogo inteligente de poetas como un Abilio Estévez. Poco tiempo después de publicar un breve poemario en Venezuela bajo el título de Tesituras, enrumbé hacia la narrativa. En ese justo momento tuve la suerte de encontrarme con escritores como Reina María Rodríguez y Antonio José Ponte y desde entonces frecuenté La Azotea, por invitación de Reina y también porque en los contertulios hallaba muchas coincidencias ideo-estéticas y la invaluable posibilidad de conectarme con la información y los protagonistas de aquellos años de finales de los 80s en los que, como se recordará, yo había vivido fuera de Cuba. Cuando llego a La Azotea ya había pasado el momento más intenso de la diáspora, esa emigración masiva de artistas que desangró al campo cultural desde 1988 y aún hoy se mantiene, aunque con menos caudal. A la Azotea y a algunos de sus habituales de entonces, le debo mucho de mi crecimiento inicial... Luego vino un período de recogimiento. Me encerré un poco en mí para escribir febrilmente, a la vez que el trabajo que hacía con DanzAbierta comenzó a crecer y a exigirme más tiempo y dedicación. Luego fui trabando amistad con un espectro más amplio de escritores, algunos de las viejas generaciones como mi muy querido Guillermo Vidal y muchos de los ya clasificados como novísimos, entre ellos, Ronaldo Menéndez, Raúl Aguiar, Michel Perdomo, Amir Valle, Sergio Cevedo, el Yoss... Recuerdo que cuando conocí a Salvador Redonet, el profesor, crítico y alquimista de ese grupo, y leyó algunos de mis textos me dijo con esa forma jovial tan cubana que tenía: ¿Y dónde andabas tú, que te me habías escapado? De tal modo ese negro entrañable me coló en el saco de los novísimos. Murió poco después para desgracia de los escritores de la generación de los años 90s, y la diáspora siguió diezmando algunas de las figuras cimeras de ese y otros grupos. Francamente y aunque cause disgusto a alguno de mis amigos más cercanos, no me siento parte de ningún círculo ni me preocupan mucho las clasificaciones que muchas veces sirven como fórmulas de mercadeo o para la lucha por espacios de poder. Me interesa hacer mi obra de la mejor manera que pueda y en absoluta conformidad conmigo mismo. Me interesa también el diálogo con individualidades y aquí no puedo dejar de mencionar a Marianela Boán, sin dudas una de las coreógrafas contemporáneas más importante de Cuba e Hispanoamérica, mujer culta y genuina con la que comparto vida y trabajo y que fuera desde el inicio mi principal estímulo y mi más feroz crítico. Hay muchos novísimos con los que no siento identificación alguna y con otros sí, como hay algunos en La Azotea con los que poco tengo en común y sin embargo, me siento muy cercano a ese espacio creado por Reina María y que a mi juicio merece ser más reconocido en toda su valía desde el propio campo literario. Allí conocí a Rolando Sánchez Mejías y aunque no fui parte de Diáspora(s) tuve una rápida identificación con varios integrantes de su grupo. Recuerdo que Rolando me “prestó” dos libros valiosos el día antes de su salida en viaje hacia Barcelona. No sabía entonces que su partida iba a ser definitiva. Cuando lo supe, me conmovió el gesto. Aquel regalo cobró para mí dimensiones simbólicas. Pero como te decía, para clasificar están los críticos. Algunos defienden la clasificación de Redonet, otros me sitúan en un pequeño grupo bisagra entre la generación de los 80s y los novísimos. Otros creen que cabalgo entre estos últimos y los post-novísimos. Ya ves, es un infierno de categorías que confunden, poco aportan a la literatura y, francamente, me tienen sin cuidado. Sólo soy ése que tú crees que soy a través de mis libros.



8. Cuba me parece a mí hinchada de deseos de vida, de una febril actividad cultural... la literatura contemporánea refleja este erotismo que va mucho más allá de lo meramente sexual. ¿A qué atribuyes esta efervescencia? ¿Se lee mucho en Cuba? ¿Es distinto ser un escritor allí que en otros países? ¿Cómo afectaron la censura y los límites de posibilidades de publicación?


Cuba es un país joven, casi adolescente; un país que aún busca su perfil propio desde una madurez precoz que no la salva de los vaivenes que le imprimen las poderosas influencias que recibe; pero tampoco la anula. Ese status lleva el ingrediente esencial del eclecticismo, porque poderosas raíces nutren a ese ser inquieto, tumultuoso, adobado además por el carácter de isla tropical que, quieras o no, determina un modo de ser, un temperamento. Cuba es un delicioso ajiaco, y comoquiera que en ese guiso celestial no predomina un sabor sin que por ello deje de ser ajiaco; la cultura cubana ha resistido cualquier influencia deformante bajo la que ha existido - y de la que se ha nutrido - en diferentes períodos de su breve historia. Nótese que sobrevivió con sello propio, sin negar influencias, a la colonia española, a los 60 años de República enjaezada al dominio norteamericano, a 30 años de infructuosa dependencia de la extinta Unión Soviética y a más de una década de crisis brutal que contradictoriamente ha potenciado aún más su diseminación por toda la geografía mundial. Ese ajiaco siguió siendo ajiaco, y Cuba no perdió su sensualidad, su desparpajo ante nada ni ante nadie. Aún en los durísimos años 90’s en que se perdió mucho del hábito de lectura que se cultivó en las décadas anteriores y casi se extinguieron las publicaciones puesto que comer y subsistir desplazó de las prioridades colectivas cualquier otra necesidad; aún en ese tiempo, la cultura cubana buscó refugio en el margen y encontró válvulas en el escenario internacional. ¿No te parece extraño que sea precisamente al terminar los 90s que Cuba volviera a ser moda en el mundo? No ignoro que las expectativas políticas sobre lo que podía pasar adentro llamó la atención afuera; pero eso no lo es todo. Al abrirse una pequeña grieta, la fuerza del arte cubano empujó, abrió la brecha, llenó algunos espacios posibles en la arena internacional, y si este fenómeno no va al fracaso por la explotación sin escrúpulos que de él hacen muchos piratas y filibusteros, empresarios de baja calaña, el mundo tendrá mucho por ver aún de lo que es capaz de generar la isla. Y en esto que digo no hay nada de chauvinismo; es un hecho determinado por muchos y disímiles factores y que podría funcionar en otro país bajo circunstancias similares. Basta pasearse por la Habana, una de las ciudades más hermosas del mundo, con una personalidad propia tan fuerte que ha resistido los embates del tiempo y la parálisis de las sucesivas crisis socioeconómicas del siglo, y comprobar cómo sigue viva, y en sus calles ciertamente ruinosas palpita la sensualidad y la energía de la vida real o imaginada, de una existencia casi surrealista y tan deslumbrante como la del cubano.



9. Y ¿para qué exactamente sirve un escritor? Escribir, ¿es una profesión arriesgada? ¿Cuáles son algunas de tus obsesiones, los fantasmas que te empujan?


Para recrear momentos de la vida, aspiraciones y sueños del hombre; no como reflejos factuales, que para eso están otros, sino como reelaboración a partir de la espiritualidad, la temperatura emocional, la encrucijada de sentimientos que emanan de un momento, un lugar, un grupo o un ser. El escritor mismo es principio y fin de su obra después de un viaje por ámbitos fascinantes, a través de caracteres disímiles que habitan el mundo real o casi siempre, el de su imaginario. Un viaje en que se van revelando nuevas visiones de los problemas conocidos, anticipaciones al tiempo en que vivimos, reelaboraciones... Pero todo esto se me queda mucho en lo antropológico. Me gusta pensar que el escritor es un ser privilegiado en el sentido en que puede hallar su realización plena en el más individual de los mundos, dependiendo sólo de sí mismo y su talento. Esta idea sirve de bálsamo para aliviar el dolor que me provoca la variante opuesta, es decir, el escritor no sirve más que para escribir unos libros que leerá un puñado de gente y que sólo interesará a una parte de ellas. Pero siendo esta la peor opción - no, la peor es que no consigas publicar y el posible diálogo que es la literatura se quede en un monólogo, tal vez estéril- el saber que dos o tres personas se han puesto a repensar sus vidas, buscando cómo mejorarlas a partir de una idea, de un pensamiento que cazaron al vuelo en uno de tus libros, es ya motivo suficiente de alegría. Definitivamente creo que el de escritor tiene la misma valía que la de aquellos menesteres que pretenden mejorar, dar dimensión, embellecer la vida del ser humano. En consecuencia mereceríamos mejor pago ¿no crees? En cuanto a las obsesiones, los fantasmas... No sé si alcanzan la categoría de obsesiones o el vuelo retozón de los fantasmas pero sí, hay temas recurrentes y zonas de mi ser que están siempre ahí, rondándome, aupándome en cada acto escritural. El erotismo y el individuo frente al poder son dos zonas bien definidas en mi trabajo, por ejemplo. Pero el erotismo visto como una manera diferente de enfrentar la sensualidad de la relación de pareja y del hombre con sus mundos, tratando de encontrar lo que aún no se ha dicho (si es que algo falta por decir) o una manera diferente de abordar el asunto, no por afán de novedad sino porque pienso que puede haber formas más hermosas de relación, más plenas, sin que ello implique un idealismo romántico o una vuelta a cierto conservadurismo. Cuando se trata del individuo enfrentando al poder, a la voracidad y la obsesión manipuladora de toda forma de poder, creo que se activa en mí aquel instinto libertario gestado en mi infancia y abrazado en mi juventud. Entonces buscaba el mejoramiento humano. Ahora me obsesiona la idea de que la humanidad sería mejor si cada ser, cada individuo tuviera la posibilidad de vivir a plenitud, desarrollarse en todo sentido sin los lastres que le imponen los juegos de la sociedad para sobrevivir conforme a cánones determinados; a los límites impuestos por quienes detentan el poder y manipulan a los hombres en función de sus propios intereses. Pero hay zonas de mi vida que vuelven una y otra vez como marejadas impetuosas. Mi infancia, tan humilde y rica en vivencias que moldearon mi carácter y el resto de mi vida, creo que para bien... Las infinitas vivencias atesoradas en mi andar por medio mundo como viajero empedernido que he sido y seguiré siendo. En fin, esa cosmovisión que me ha hecho ser (creo) una buena persona, con un sentido de la vida en el que prima un espíritu y unas energías muy positivas, a pesar del dolor por todo lo que se va perdiendo en todos los sentidos. También me obsesiona escribir eficientemente, que no correctamente. Si algo rige mi oficio es el interés de decir de la forma más efectiva para conmover, provocar reacciones de distintos signos, para dejar algo en el lector, cualquier cosa que no sea indiferencia, desilusión, hastío. Puedo causar dolor, rabia, ira con un texto, pero debo ser capaz de dejar en él una semilla para que mi lector, pasadas las primeras emociones, piense en algo que al final del día le haya ayudado al menos en el más ínfimo acto de su vida, en el más pequeño de sus pensamientos... Esto que digo ahora casi sin pensarlo, por momentos puede llegar a alcanzar en mí niveles de obsesión.



10. Quedarse en Cuba o irse del país es una de las decisiones dominantes y determinantes de nuestra mentalidad (aquí incluyo a todos los cubanos). ¿Puedes compartir algunas de tus reflexiones sobre lo que significa patria para ti?


Como ves hoy estoy aquí. Mañana podría estar allá o acullá. Es un derecho sobre el que no admito discusión y que sólo barreras de otro tipo pueden enajenar. La Patria es una de las apropiaciones claves de los políticos de siempre para ejercer su dominio sobre un grupo humano cualquiera encerrado entre sus fronteras. José Martí dijo Patria es humanidad y dicho así sin segundas intenciones, o de la manera que lo asumo, puedo aceptarlo. Pero bajo esa consigna se ha querido justificar tanta atrocidad como las guerras en Africa, por ejemplo, y casi todas las guerras que en el mundo fueron y que sólo han traído muerte, destrucción, rencores. Patria para mí es "ese lugar donde tan bien se está". Patria son los amigos - y ése es un bien escaso en La Habana debido a la diáspora incesante de estos años - o la gente que tiene comunidad de intereses, una sensibilidad similar... Patria es el entorno que no agrede, el medio social que no te asfixia, la naturaleza que deslumbra y todo un mundo de sensaciones que te acunan. Y eso puede estar en cualquier latitud del mundo real. No soy de los cubanos que se aferra al arroz blanco y los frijoles negros, a un único pedazo de cielo o a un estricto mar. Todo lo imprescindible para mí como originario de una isla específica - el cielo azul, el mar, la buena música cubana, los amigos - podría hallarlo en muchos otros sitios o llevarlo conmigo. Pero, en las condiciones de Cuba, el hecho simple y natural de irse a vivir a otro país, ese elemental acto de libertad significa cuando menos un acto de exilio involuntario. Quienes emigran han sido vistos por la propaganda oficial durante más de treinta años como apátridas o cuando menos se les ha dificultado la posibilidad de regresar a la isla; situación que por ahora parece ser más flexible (aunque para dudarlo está el caso de Heberto Padilla, fallecido antes que se le concediera permiso para visitar la tierra donde nació) aunque crea otras desigualdades en detrimento de quienes viven en la isla sin posibilidades de viajar libremente. Estos son recursos insanos del poder para tratar de frenar la sangría y proteger su imagen ante el mundo; lo sé. Recursos de igual signo se están perpetrando en la actualidad contra los cubanos residentes en los Estados Unidos, donde la administración de Bush les limita la posibilidad de visitar la isla a una vez cada tres años. Otro absurdo juego político que termina pagando el ciudadano “de a pie”

Si tuviera que optar por echar anclas para siempre en algún sitio cargando con eso que llaman la Patria íntima ¿adónde iría? Veamos. Viviría en España hoy, aunque tengo mis sospechas sobre cierta rusticidad atávica que juega tras la gracia española y la belleza de ese país. Me gusta la cultura de vida de los países nórdicos; pero les falta calor. Me seducen la riqueza espiritual y la alegría de vivir de Colombia y Brasil, pero odio la violencia y la miseria apabullante de los países sudamericanos. Tengo prejuicios con las islas, casi siempre bellos territorios de placer lastrados por el ostracismo geográfico y mental. No sé, me atrae Canadá aunque nunca estuve allí, pero imagino deba tener los bienes de la civilización norteamericana sin los problemas de los Estados Unidos. Me seduce New York que para mí es el mundo. Es el lugar más especial que he visitado, el sitio donde la naturaleza humana y la cultura alcanzan todos sus registros; pero no sé... Creo que me quedo con Cuba en un supuesto futuro de desarrollo, cultura y democracia con la fuerza y el sabor de isla joven, todavía culta y con una naturaleza que no está nada mal y una gente bella que constituye nuestro mayor tesoro. Pero no sé… me temo que idealizo.

martes, 17 de febrero de 2009

Presentacion de Poemas 1979/2008 de Raul Zurita

Muy buenas tardes. Por muchas y diversas razones hoy es un día muy especial. Para todos, porque estamos dando la bienvenida a Raul Zurita y a esta magnífica colección de poemas. Para mí, por estar aquí de nuevo, en mi país, y en ocasión tan honrosa como la de presentar a un poeta que hace su arte de la vida, o más justo decir, que apuesta en su arte hasta su propia vida; un artista que se ha ganado un sitio de honor en las letras chilenas; un hombre en fin a quien respeto y admiro.

En septiembre de 1973, yo era apenas un muchacho de 15 años que recién comenzaba estudios de arte, cuando una mañana desperté con la noticia terrible del golpe militar contra el Presidente Salvador Allende. Sin dudas ese momento determinó el fin de mi adolescencia y definió en gran parte mi vida como adulto. Por aquellos días, en medio de los sucesos que despedazaban la vida de Chile y de su gente, Raúl Zurita fue a dar con sus huesos al carguero Maipo como prisionero político. Y su poesía se hacía otra, de golpe, como otro fue desde entonces su país, conmovido desde las arenas calcinadas de los desiertos hasta los muros horadados de las ciudades. Herido y sacudido, Zurita hubo de levantarse y seguir, lo que él llama un sueño imposible: “no haber muerto y continuar la extraña poesía de vivir”. O como él ha reconocido, cuando recuperó “la aparente libertad”, escribir fue para él la condena y la urgencia.

Quiso la suerte que treinta y cinco años después del comienzo de este ciclo que he esbozado, en el cálido enero santiaguino del 2008, conociera personalmente a Zurita. Mi entrañable amigo Antonio Briones, con la colaboración de un puñado de soñadores, se hubiera lanzando a la aventura de crear una editorial alternativa: Ventana Abierta; y que la presentación de una edición bilingüe de mi libro Paisaje de Arcilla por esa empresa entonces naciente, me llevara por fin al Chile que tanto me sedujera desde una distancia que parecía imposible de suprimir durante todos estos años. La aventura quijotesca que se estrenaba por aquellos días, apenas un año después presenta aquí credenciales de mayoría de edad, y entre ellas preside por derecho propio esta antología:

Poemas (1979/2008).

Como su título indica, en ella se recoge lo medular de un cuerpo poético construido a golpe de versos, dolor y amor, durante casi treinta años. Hoy la tenemos aquí en su versión original. Pronto aparecerá también en versión bilingüe español-inglés. Contiene una selección de poemas de una decena de libros ya publicados, así como una selección de inéditos que el autor ha tenido a bien confiarle a Ventana Abierta Editores.

Abren esta colección fragmentos escogidos de dos textos tremendos: Purgatorio y Anteparaíso, esa especie de díptico monumental considerado un fiel exponente de lo que se ha llamado su poética de la imprecación, “…cierta súplica avanzando a paso agigantado…” como ha dicho la académica chilena aquí presente Pavella Coppola. La voz totalizadora del poeta habla extendiendo su dolor a todos los confines de su país; desde espacios tan abiertos que todo lo abarcan, copando los límites físicos y los del espíritu. Los mares aparecen como la fuente de la vida y el final de la misma; y sobre todo el desierto, no sólo por el peso de este en la geografía chilena, en la vida de la gran masa de trabajadores que hace producir las minas de cobre, pilar económico del país; símbolo de las contradicciones sociales y conflictos históricos y culturales; sino también por el valor específico del desierto como lugar propicio a la revelación divina; porque en cuanto paisaje de cierto modo negativo, el desierto es el dominio de la abstracción que se haya fuera del campo vital y existencial. En consecuencia; ningún escenario mejor para esa imprecación que lanza el poeta por el amor perdido, por la patria ultrajada:

“… Se secaron los pastos y el desierto me fue el alma…”

Zurita se considera “un hombre doloroso” al extremo que alguna vez estuvo a punto de cegarse voluntariamente porque, ha dicho él “…sentía la necesidad física de unirme a las heridas de los cuerpos, de herirme tal como estaba herido todo su territorio”. En la nota introductoria a la edición bilingüe de 1986 de Anteparaíso; su autor desmenuza el proceso de construcción del poema en el que, reconoce, empleó nuevas formas poéticas, “…desde el uso de sistemas lógicos y matemáticos de distorsión, rupturas con la dicción poética convencional y escritura aérea…” Sobre el esquema general de construcción del poema declara: “Anteparaíso fue concebido como una estructura total, una trayectoria comenzando por la experiencia de todo lo precario y doloroso en nuestras vidas y concluyendo con un destello de felicidad” Este poema, colección de poemas en realidad, colocó a Zurita en la atención internacional. Ignacio Valente, uno de sus críticos más asiduos desde los inicios, consideró que “…en Anteparaíso Zurita escribe en las mismas fronteras de la lengua, y no desde áreas ya conquistadas…”, y considera el texto como “…una respuesta creativa, un acto de resistencia a la violencia y el sufrimiento durante y después del golpe de 1973 que derrocó al gobierno democráticamente electo de Allende…”

Quiero hacer notar sin embargo, que el peso específico de este elemento no tuerce el impulso experimental en Zurita. En su afán por explotar el material con el que trabaja, la palabra alcanza cotas que le acercan a la visión y a la construcción de una poética del límite, más libre y a la vez telúrica, con una fuerte carga de terrenalidad, de amor por la pareja, por el país, por la utopía. Este es el carburante con el que mueve su obra; una poética con marca propia.

Y si de rupturas formales y experimentos hablamos, hallamos un ejemplo contundente en la acción de desplegar los quince versos del poema “La vida nueva” en español sobre el cielo de Nueva York, a manera de homenaje a los grupos minoritarios y más específicamente a la comunidad hispana de los Estados Unidos. Esta acción fue la realización, según el propio Zurita, de “la mayor ambición a la que nadie puede aspirar: tener al cielo como una página en la que cualquiera puede escribir”

Me he detenido en una zona específica del libro, pero igual interés e intensidad hallamos en el resto. Igual placer nos espera en la lectura de Canto a su amor desaparecido, Poemas militantes, INRI, Los países muertos, e In Memorian; este último, un testimonio sarcástico del día a día del prisionero político. El amor y la muerte, la tragedia patria; así como los diferentes registros de la voluntad experimental zuritana recorren esta antología que desde ya garantizo será uno de los libros imprescindibles de la poesía chilena.

En la sesión final, cuando transitamos la zona de los poemas inéditos, sentimos los bordes filosos de su mirada a la realidad más cercana en el tiempo, y tenemos la oportunidad (casi la necesidad) de aventurar profecías. Nos preguntamos hacia donde va su poesía, si se aleja del experimento o si, por el contrario, se afinca en él como una vía de liberación y defensa, como una cura frente al desgarro que sigue siendo para él la vida. De todos modos Zurita es aún joven, sigue entre nosotros y creando. Para colmo de privilegios está aquí hoy y de su viva voz podremos escuchar sus poemas, y cualquier reflexión que nos quiera compartir. Le agradezco de antemano y en nombre de todos no solo por su presencia y sus palabras, sino por la oportunidad de poder disfrutar su obra. Permíteme también Raúl agradecerte el privilegio de tu amistad.

Muchas gracias.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Jan saudek: Fotos del Este

Jan Saudek: fotos del Este

En la escena hay un retrato de Iósif Stalin, uno de esos cuadros de líderes tan habituales en las últimas cinco, siete, nueve décadas, según la ciudad desde donde se mire: Moscú, Praga, La Habana…
Detrás de aquel retrato, al que sólo es posible acceder gracias a una vieja silla, un hoyo en la pared, y del otro lado un baño de familia, “lavadero sórdido” en el que, durante la guerra, todos se bañaban con la misma agua.
Pero para entonces la guerra ha concluido y Jan Saudek, obrero de una fábrica recién vinculado, se halla ante uno de sus frecuentes descubrimientos: un hombre casado, maduro, posee a una joven, “casi una escolar”; y este acto vergonzoso de husmear en la vida ajena marcará como como un hierro candente el recorrido de uno de los fotógrafos contemporáneos más comprometidos con el lado nebuloso del vecino, la soledad de la mujer con la que tiene sexo, “las pasiones verdaderas de las que no tenía ninguna idea, el crujido del fuego, las articulaciones trituradas por el abrazo de los amantes”, según queda fijado en unas curiosas (disolutas, irreverentes) memorias que Jan Saudek publicara con el título Célibataire, marié, divorcé, veuf (Parangon, París, 2002), y donde muy pocas disquisiciones sobre fotografía podrán encontrar los profesores de arte y los quisquillosos buscadores de secretos técnicos.
Claro que antes de esta escena del retrato de Stalin y del ojo lascivo, Saudek dedica un par de páginas a contarnos de su padre, judío austriaco, incrédulo ante los rumores sobre las cámaras de gas (“La nación de Schiller y de Goethe nunca haría eso. ¡Es imposible!” –bramaba hacia 1943), o sobre su propia huída y/o evacuación del campo de concentración en abril de 1945, con sólo diez años, andando “bajo la noche primaveral, olorosa, niños con las manos en la cabeza empujados por otros niños”, soldadillos emergentes, de última hora, movilizados por la Wehrmacht.
Después de esta escena del mirón empinado que recuerda una vieja novela de Henri Barbusse cuyo título ya olvido, Jan Saudek no puede obviar la grisura de la postguerra en su Praga “implacable, llena de escupitajos, de hollín, de chimeneas humeantes”, las llamadas de la Seguridad del Estado, hacia 1977, para que colaborara con preciada información entre la fábrica, el alcohol y las prostitutas; y por consiguiente esa paranoia que todo estado totalitario inocula: “La normalización —los mejores años de mi vida, los que viví encorvado por el terror, la perpetua mirada de reojo como si yo fuera a incendiar el estanque del vecino, atolondrado por el miedo a los diez mil oficiales de la Seguridad que disparatadamente imaginaba pisándome los talones”.
Pero de lo que más se trata aquí, como atestigua también todo una obra fotográfica de casi sesenta años, es del amor por el cuerpo femenino y de una búsqueda obsesiva entre los entresijos de las relaciones de pareja. Como Philip Roth, Philippe Sollers, Guillermo Cabrera Infante, este narrador compulsivo y egotista que es Jan Saudek —un narrador mediante fotos coloreadas de escenas íntimas, a veces insanas, cáusticas, otras de una simpleza que se trastoca en pose inocente—, lo que más hace en este libro de memorias disolutas es referirse a sí mismo y a la taxonomía gozosa de sus mujeres: una masajista ucraniana con la que tuvo sexo en lo alto de una estación de trenes, una controladora ferroviaria, gordita “exuberante de gérmenes”, que le transmite una enfermedad venérea un día de pase del servicio militar; Ludmila, aspirante a modelo, Iarouchka, compartida con un amigo, Zdenitchka, una intelectual que combinaba sus espejuelos con un hermoso culo: todas estas despedidas de la vida mediante el suicidio y el peso de la soledad como única causa; la francesa Fabienne , una mujer madura “que tenía los senos de una niña de 11 años”; e incluso, más recientemente, Isabelle, otra francesa para quien Jan Saudek, fotógrafo reconocido quand-même, no era más que “un campesino llegado del Este”.
Como Richard Avedon y su ojo para aquellos retratos de rostros tras los que se descubre la gravedad de la existencia (el glamour solitario de las celebridades, la mediocridad de un par de aristócratas, la dureza en la cara de un negro viejo de Luisiana, y hasta el cáncer que carcome a su propio padre judío), como Robert Mapplethorpe y su soberana explosión de la belleza masculina, Jan Saudek es de esos fotógrafos mayoritariamente de estudio (recámara trastocada en nicho lúgubre, como su propio cuarto subterráneo de la calle Konevova , sitio de orgías praguenses, “vertiginoso, ilusorio, impregnado de sudor femenino, del humo de miles de cigarros, del aguardiente derramado sobre la mesa”), y como Avedon y Mapplethorpe, Saudek domina el arte del montaje, la puesta en escena, el detalle como sutil complemento (una pared mohosa, una muñeca de trapo que cuelga). Tal vez por eso, la narración fluye.
Jan Saudek es un narrador y como tal debe ser tratado, un narrador de su épica amatoria, que no amorosa (“¿acaso hubo amor en mi larga y monótona vida?”) y del entorno sórdido, aplastante, de una vida civil anulada por la rigidez del Estado Total.
Si bien en su obra de los últimos treinta años el fotógrafo se ha convertido en su propio personaje —él y sus mujeres gordas con venillas azulosas a lo largo de sus enormes pechos—, de sus escenas se desprende el bramido de una fábrica donde se construye el comunismo, la constancia de su condición de obrero estampada en forma de cuño en su carné de identidad, el rechazo a sus fotos por parte de los corifeos de la cultura, la imposibilidad de salir del país sin un permiso oficial, y nuevamente, al final, “una voz asexuada pero indudablemente masculina [que] me informa que la Seguridad del Estado —sí, en persona— quiere verme”.
Visto por casi todos los ángulos, lo más parecido a la obra fotográfica de Jan Saudek es una pieza narrativa poco conocida de Philip Roth titulada La orgía de Praga.
Estamos en febrero de 1976, lejos ya de los efluvios de la célebre Primavera de 1968, y Nathan Zuckerman —nuevamente él, precipitado, absorbido por sí mismo— decide, en un gesto cuyos móviles no logra descifrar del todo, desembarcar en Praga en busca del manuscrito inédito de los relatos en yiddish escritos por un modesto profesor fallecido más de treinta años atrás, a inicios de la guerra.
“Desde que llegaron los rusos, las mejores orgías de Europa se montan en Checoslovaquia”, le revela al fino escritor norteamericano (traje de espiguilla de tweed incluido) su guía en la ciudad: “Vente a la orgía, Zuckerman: así verás la fase final de la revolución”. Sin embargo, contrariamente a esa novela emblemática de Roth que es El mal de Portnoy, no es carne ardiente, ni siquiera confesiones sobre sexo autoinfligido, sino tensión y paranoia, lo que se desprende de este texto breve, más próximo a Orwell que a las anteriores y siguientes novelas del propio Roth, cínicas, palabreras, autorreferenciales. Más allá del tono y el estilo, es la Praga ocupada, Estado Total, esa ciudad árida de rostros sin rostro y muros húmedos, tan usual en la fotografía de Jan Saudek y que francamente a estas alturas del juego cubano no nos resulta para nada ajena, la escenografía, el decorado sórdido que matiza y distingue esta nouvelle:
“Para cuando llego al museo, ya me parece haber conocido esta ciudad toda la vida. Los viejos tranvías, las tiendas yermas, los puentes que el hollín ennegrece, las avenidas con túneles y las callejas medievales, la gente en estado de estolidez impermeable, con los rostros cerrados por la solemnidad, rostros que parecen en huelga contra la vida…”
El caso es que en busca de ese texto perdido a miles de kilómetros de New Jersey, Nathan Zuckerman (suerte de Harrison Ford tras el telón de acero del comunismo), se presenta en una fiesta en un palacio privado a donde acude la intelectualidad defenestrada tras la euforia del 68 (“Aquí viene lo mejor de lo mejor. También lo peor. Ahora todos somos camaradas” —asegura Bolotka) para tropezarse con un periodista despedido; un pintor abstracto malísimo, dueño de “la polla más larga de Praga”; un buen escritor al que todo le da miedo y que gusta de los hombres impúberes, y obviamente, una buena banda de informantes del Estado y/o un sinfín de micrófonos para el debido registro de la decadencia de esa burguesía que el comunismo aún no ha logrado barrer. También está Olga, musa y amante de altos quilates en los viejos tiempos, “las mejores piernas de Praga”, un ser en caída, etéreo y rimbombante a la vez, que insiste en que Zuckerman se la folle y luego la saque del país. Sin embargo, para asombro de quienes lo hemos venido siguiendo de libro en libro, Nathan Zuckerman aquí ni siquiera se abre la portañuela: “qué comedia de costumbres tan ocurrente y elegante montan estos desamparados de Praga en su intolerable situación, en la apabullante coyuntura de estar totalmente impedidos, recorriendo una y otra vez los caminos de la humillación”.
Le seguirá la visita al cubil de Bolotka, su guía, un director de teatro, ahora conserje de un museo, al que la policía política ha intentado en vano expulsar del país; luego la llegada de un supuesto estudiante de literatura que le anuncia que está siendo investigado por espionaje y le conmina a abandonar la ciudad, para luego citarlo en la estación de ferrocarril, adonde nunca llegará, lo que dará paso a una escena de temblor y persecución mental: “Dado que, al decir de Olga, la mitad del país trabaja espiando a la otra mitad, hay grandes posibilidades de que por lo menos uno de ellos esté al servicio de la policía. (¿Me estaré volviendo paranoico, o es que estoy empezando a comprender?)”.
En las siguientes y últimas ocho páginas, Nathan Zuckerman logrará que Olga finalmente le entregue el manuscrito, para un cuarto de hora más tarde ver cómo dos policías de paisano que han invadido su habitación del hotel terminan incautándoselo. Al final, acompañado al aeropuerto por el mismísimo Ministro de Cultura en su Tatra 603 negro oficial (¿azul ministro, decíamos?), Zuckerman pensará en Olga y en el conserje del hotel y en los tantísimos micrófonos como vehículo de la delación. “Swissair. La palabra más hermosa de la lengua”, admite aliviado cuando, tras la filípica patriótica del Ministro (de todo ministro), al escritor se le comunica su inminente deportación a Ginebra, única escala con destino a Nueva York.
Es esta la novela más escueta y dialogada de las que Philip Roth haya producido hasta el momento. Quizás también la más sardónicamente política, pues incluso sin echar mano a su bragueta, Nathan Zuckerman descubre en pleno Estado Total los curiosos filamentos que conectan la falta de libertad civil con el goce carnal como sola expresión posible, la uniformidad del pensamiento, la rigidez de la maquinaria totalitaria, la ubicuidad policial, el absurdo expandido y el sexo como única válvula de escape.
“Que le echen a una un polvo es la única libertad que nos queda en este país. Follar y ser follado es lo único que nos queda que ellos no pueden impedir”, escupe Olga. Lo mismo para Bolotka, que no abandona el país por causa de las dieciséis amantes que le hacen olvidar la frustración de sus obras teatrales prohibidas. Lo mismo para la Teresa de Milan Kundera, con su cámara a cuestas, tomando fotos de la ocupación soviética: “Las muchachas con minifalda llevaban mástiles con banderas nacionales. Aquel era un atentado sexual contra los soldados, mantenidos durante varios años en régimen de abstinencia”. O como el mismo Tomás, cirujano incómodo que ha sido reducido al mínimo y que ahora lava vidrieras públicas, ventanales privados, y que posee a todo tren las mujeres más cálidas e insólitas de la ciudad invadida.
Y aquí reaparece Jan Saudek, sus cuerpos desnudos ante una pared desconchada, sus mujeres ebrias, malsanas, en lugar de las laboriosas obreras que edifican el porvenir; escenas donde aparecen puñales, revólveres, esa “incitación a la violencia” (la del cuerpo desnudo, desatado) de que también fuera acusado el Tomás de Kundera tras un artículo publicado en pleno furor sesentaiochesco y una propuesta de retractación que rechazara firmar; Jan Saudek que toma fotos de niñas semidesnudas y de gordas esperpénticas en un sótano húmedo sobre el que transitan, de día, al sol, los verdaderos constructores de la nación.
Veinte años antes de la aventura praguense de Nathan Zuckerman y de las fotos coloreadas de Jan Saudek, George Orwell ya había anticipado tal estado de cosas: “Ninguna emoción era pura porque todo estaba mezclado con el miedo y el odio. Su abrazo había sido una batalla, el clímax una victoria. Era un golpe contre el Partido. Era un acto político”.

Gerardo Fernández Fe
La Habana

http://penultimosdias.com/2008/11/01/jan-saudek-fotos-del-este-ii/

martes, 28 de octubre de 2008

Otra vez fijar la mirada


Vuelve Fijar la mirada con el interes de ofrecer un espacio mas de libre intercambio de informacion cultural y opiniones sobre el arte y la sociedad.
Por aqui estaremos cada dia, escuchando y aportando, para el buen ejercicio de nuestras mentes y de la comunicacion que aporta tanto a nuestras vidas.
Pasa por aqui, saborea tu cafe y expresate en libertad tan frecuentemente como lo desees.
Espero esta vez sea para largo.
Saludos a todos


Alejandro F. Aguilar